MetArs: No me gusta la ambientación de las Guerras de Magos en Ars (II)

En un post anterior repasé los motivos por los que se podía opinar que la Guerra de Magos era un elemento mejorable de Ars Magica. Tras repasar los argumentos aportados por la traducción de Leprosería Tytalus de un post anglosajón aventuré mis propias impresiones.

Pero claro está que no resultaría caballeresco limitarse a despotricar sobre este gran juego que es Ars Magica. Por lo tanto y con el mejor de los propósitos el objetivo del presente post es presentar algunas opciones y propuestas para hacer de las Guerras de Magos un elemento tan entretenido como vuestras partidas merecen.

Las propuestas son, en los tres casos, substituciones de algunos elementos con los que las normas de la Quinta Edición de Ars Magica definen las Guerras de Magos. En los tres casos he intentado que los elementos a sustituir fueran los menos, a mi humilde parecer, históricamente correctos y que los elementos aportados estuvieran sólidamente soportados por lo que la historiografía conoce de la Edad Media.

Así pues habrá una propuesta para modificar el inicio de las Guerras de Magos mediante el casus belli hermetici, una propuesta sobre la manera de conducir la guerra mediante la chevauchée des mages y una finalmente una idea respecto a su conclusión mediante la pax tribunalis.

Empezando una Guerra de Magos: casus belli hermetici

En el post anterior uno de los puntos de discusión era la duda, intranquilizadora para muchos jugadores, de que la Guerra de Magos sea una fuente de abusos que eliminen la diversión en sus partidas. Y como ahí señalaba una potencial solución es incluir el concepto, históricamente adecuado, de “guerra justa” en el entorno de la Orden de Hermes.

Si recuperamos a San Tomás de Aquino este (aparte de asegurar siglos de tormento para estudiantes de bachillerato al inventar la escolástica) nos da las razones que hacen “justa” a una guerra. Dice que esta debe ser: realizada de acuerdo a la voluntad del soberano, realizada por causa justa o para resarcir un derecho vulnerado y finalmente debe realizarse con “intención bondadosa”.

Los tres puntos pueden traducirse a la Orden de Hermes. En el primer caso bien podríamos señalar (como muchos magnates medievales pensaban de si mismos) que cada Alianza es soberana en si misa (no es casualidad que sus líderes se intitulen princeps) dentro de la Orden de igual manera que cualquier noble lo era dentro del “acuerdo social” de su sociedad. Si saltamos al tercero podemos afirmar que hasta el más travieso de los Tytalus jurará, mano en el corazón y mirada de inocencia, que solo tiene que las más puras intenciones.

Es en el segundo punto donde, como en la Europa real, más sudor deberán dedicar los magos (y los jugadores). Poder construir un casus belli hermetici no basta (ni requiere necesariamente) el haber sufrido un agravio o tener un derecho justo si no que habrá que saber presentarlo, explicarlo y quien sabe si reforzarlo mediante documentos o testimonios. Ya sean estos veraces o no es otro tema.

En cuanto a que puede ser o no un casus belli hermetici queda a decisión de la troupe aunque si tomamos el ejemplo más clásico (la aplicación de la ley sálica y la pretensión inglesa al trono de Francia) podremos ver algunas pistas:

  • Un casus belli no tiene por que ser actual. Remontarse siglos atrás no solo dará a un casus belli algo de respetabilidad “histórica” si no que tiene la virtud de no requerir de testimonios vivos. Aunque en el caso de los expertos en Mentem quien sabe si podría buscarse un fantasma con información de primera mano.
  • Un casus belli debe tener la apariencia no de ambición si no de voluntad de rectificación. Es importante recalcar que la “guerra justa” es, al menos en teoría, siempre defensiva. El atacante no desea la Guerra de Magos pero se ve obligado a ella por no tener otra opción. Citar precedentes contrarios en el Tribunal, la presencia de un quaesitor o un praeco contrarios sorprendentemente pueden dar fuerza al casus belli permitiendo que uno se presente como la desamparada parte agraviada.
  • Un buen casus belli abre la puerta a que otros se sumen a la reyerta a nuestro favor. Si por ejemplo las razones para la Guerra de Magos no solo pueden aplicarse al caso concreto si no permitir a otras Alianzas meter baza y pescar en rio revuelto. Habrá que ver claro está si esto no lleva, como ocurrió en el caso de la Guerra de los Cien años con Escocia y Borgoña, en una multiplicación de los escenarios de la guerra.

El incorporar el casus belli como requisito de la Guerra de Magos da pie a mantener algunas de las formalidades del manual, como el preaviso, pero adaptándolas a una realidad más medieval. Así pues un heraldo de la Alianza atacante podría acudir a declarar el casus belli de sus señores mientras estos ya avanzan hacia la Alianza rival o tratar de persuadir a potenciales aliados de la justicia de su causa.

Finalmente, el abusar de casus belli dudosos (o directamente falsos) puede desencadenar en Reputaciones negativas o incluso ¡casus belli contrarios! Dando a la troupe una nueva palanca para generar historias.

Combatiendo en una guerra de magos: la chevauchée des mages

La ejecución de las Guerras de Magos adolece de ser tremendamente anticlimática. Para muchos la imagen mental que esa expresión conjura es la de un mago munchkin tratando de utilizar El Cauce de la Magia para matar a su rival a cientos de kilómetros sin que ninguna abandone su sancta. Claro está que tan ruin método es de sobra conocido por casi todas las mesas de Ars Magica lo que lleva a que en caso de Guerra de Mago los Aegis se refuercen lo indecible, se lancen todos los Perdo Vim del arsenal y se haga acopio de reliquias o escondites en regios impenetrables.

Lo que sorprendentemente es exactamente el mismo problema que los guerreros del medievo se encontraban. Pues si el jinete pesado es la definición de la ofensiva medieval el castillo es el parangón de la defensa y la horma inexpugnable de la caballería. Ante un enemigo aun ligeramente superior un defensor sencillamente se preparaba para guarnecerse y esperaba a que a su enemigo se le acabasen las ganas o, mayormente, el dinero para seguir guerreando.

Las batallas campales y ataques directos eran una rareza en la época en la que se ubica Ars Magica. Por ejemplo William Marshal, epitome del caballero medieval, participó en toda su vida (y luchó hasta los setenta) en menos de veinte batallas. Aparte del asedio (y el asedio de Alianzas es un tema que tengo en altísima estima y merece su propio post) la táctica más común es la que aparece insinuada en el Lion and the Lily, el manual sobre el Tribunal Normando, bajo el poco imaginativo nombre de hermetic raiding o en el original francés la chevauchée también conocida en la Península como aceifa o llanamente una correría.

Pues si tu enemigo no quiere presentar batalla la mejor, y más lucrativa, opción es devastar sus tierras, destrozar su capacidad económica y mostrar a sus vasallos y aliados que es impotente para defenderse para que así estos lo abandonen o se cambien de bando.

Los magos están especialmente dotados para estas actividades. No solamente disponen de los grogs con los que ejecutar la vertiente mundana del asunto si no que sus poderes les permiten entrar y salir de territorio enemigo así como trasladar fácilmente el bien más preciado: la vis.

Además la practica de las correrías asegura que las Guerras de Magos no sean el pacato asunto privado entre dos enajenados si no una empresa en la que toda la Alianza deba participar. Ya sea para protegerse, para sacar el máximo provecho o quizás solo para disuadir a dos vecinos enfrentados de exportar su conflicto el ciclo constante de incursión y contraincursión dará a las Guerras de Magos de vuestras troupes mucha más acción y oportunidades para lucimiento de magos, compañeros y grogs.

Cuando los ánimos se agotan: la pax tribunalis

Si hasta ahora hemos visto como los ánimos guerreros se excitaban y como se causaban destrozos sin cuento ¿Cómo se pone fin a una Guerra de Magos? Si eliminamos el límite temporal podría creerse que el único fin es la destrucción de una de las Alianzas en contienda. Claro está que, como se argumentaba en el post anterior, la idea de la guerra de exterminio era casi inconcebible para las gentes (europeas) del medievo. Además, si la Guerra de Magos debe librarse bajo los auspicios de un casus belli hermetici se deduce que en el momento en el que la satisfacción de este sea ofrecida (o por el contrario abandonada) los contendientes deberán poner fin a su disputa.

En nuestra Europa este ánimo por dar un espacio para la resolución mas o menos pacífica de diferencias y el rechazo a la espiral de violencia se fraguó precisamente en el área de influencia cultural ibérica. El insigne Abat Oliba ya en la villa de Toulges en 1027 buscó el acuerdo que forzase a los magnates a poner fin al derramamiento de sangre y resolver las diferencias mediante el acuerdo. Este concepto fue recogido por los concilios de Narbona (1054) y Rouen (1096) quienes consolidaron, bajo el nombre de Convenciones de Paz y Tregua, estos ideales.

De la misma manera en la Orden de Hermes el propio Gran Tribunal podría haber establecido un mecanismo similar. Tras un periodo de tiempo prudencial o al cumplirse ciertos requisitos las partes deberían estar obligadas a reunirse de forma pacífica bajo la protección del praeco.

Algunos ejemplos de estos requisitos o circunstancias podrían ser:

  • Una duración excesiva sin eventos reseñables como ataques o asedios. En ese caso el praeco bien podría dictaminar que el agresor no puede demostrar que la fuerza asiste a su supuesto derecho o que ha hecho dejadez y renuncia de su casus belli procediendo a declararlo nulo.
  • Incapacidad de una de las partes para poder seguir ejerciendo como magos. En el caso por ejemplo de destrucción física de su Alianza, el abandono de la misma o la huida a otro Tribunal bien podría considerarse que esa parte ya no se encuentra en situación de proseguir defendiendo sus derechos.
  • Aceptación plena y “voluntaria” (aunque sea por evitar males mayores) de los derechos o pretensiones esgrimidos por la otra parte (ceder una fuente de vis, disolver una Alianza vasalla, etc…) de forma pública.
  • Oficialización de un compromiso previamente acordado por las partes.

Estas Convenciones deberían ser un asunto formal que permita a los jugadores tener la sensación de que funcionan como epílogo y cierre a todas las vicisitudes de la Guerra de Magos. Por ejemplo una comparecencia en la poderosa Alianza de Invierno del praeco o en el propio lugar de reunión del Tribunal. Ahí ante atentos Trianoma, severos Guernicus y Mercere guardando registro y testimonio las partes enfrentadas podrán escenificar el fin de la contienda.

Y quien sabe si empezar a planear la siguiente. De la misma manera que: tras amplios juramentos de hermandad, besos, abrazos y la firma del Tratado de Bretigny Edward III Plantagenet y Jean II Valois apenas necesitaron cuatro años para retomar la guerra entre Inglaterra y Francia ¿Por qué deberían vuestros magos contentarse con una mala paz?

Fuentes utilizadas para preparar este post (y el anterior):

Gonzalvo G., 2010 Les assemblees de Pau i Treva (aparecido en Revista de Dret Històric Català)

France J. 1999, Western Warfare in the age of the Crussades 1000-1300 (Capítulo IV), Cornell University Press, Ithaca NY

Allmand C., La Guerra y los no combatientes (aparecido en Historia de la Guerra en la Edad Media editado por Keen M.), Machado, Madrid ES

Tuchman B.W. 1978 , A Distant Mirror the Calamitous 14th century ,(Capítulo VII), Ballantine Books, New York

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